domingo, 28 de diciembre de 2025

Los caballos del tiempo

 

Jules Supervielle


Cuando a mi puerta llegaron los caballos del Tiempo

y ante ella se detienen, al mirarlos beber

vacilo, y me sacude vago estremecimiento,

puesto que ellos aplacan con mi sangre su sed.

Agradecidos, vuelven a mi rostro sus ojos,

y ante sus alargadas facciones, mi inquietud

es más honda; y me quedo desfallecido y solo,

y siento que me invade tan honda laxitud,

que evanescente noche mis pupilas inunda

y mis perdidas fuerzas tengo que reponer,

que así, al volver la errante pareja sitibunda,

podrá encontrarme aún vivo y en mí calmar su sed.

 

Les chevaux du temps 

 

Quand les chevaux du Temps s’arretent a ma porte

J’hésite un peu toujonrs a les regarder boire

Fuisque c’est de mon sang qu’ils étanchent leur soif.

lis tournent vers ma face un oeil reconnaissant

Fendant que leurs longs traits m’emplissent de faiblesse

Et me laissent si las, si seul et décevant

Qu’une nuit passagere envahit mes paupieres

Et qu’il me faut soudain refaire en moi des forces

Four qu’un jour ou viendrait l’attelage assoifé

Je puisse encore vivre et les désaltérer.


Traducción: Max Henríquez Ureña 

 

Social, febrero-marzo 1936, p. 18. 


sábado, 20 de diciembre de 2025

El Gordo




Pedro Marqués de Armas 


No lo vi, ni siquiera asomado al ventanón; pero, eso sí, me salió al paso una noche en Galiano: tangible presa escapando de una exposición de Antonia Eiriz. 

No podía quitarse de encima no sé qué armadura forjada donde el diablo parió. 

Y corría, corría con esa, su levita de plomo, Neptuno abajo.



Antonia Eiriz: "Homenaje a Lezama" (1964)


domingo, 30 de noviembre de 2025

Iniciación amorosa



Carlos Drummond de Andrade


La hamaca entre dos matas de mangos 

se balanceaba en el mundo profundo.

El día era ardiente, sin viento.

El sol allá arriba,

las hojas en medio,

el día era ardiente.


Y como no tenía nada que hacer, 

me la pasaba mirando las piernas morenas de la lavandera.


Un día se acercó a la hamaca,

se enroscó en mis brazos,

me dio un abrazo,

apretándome con sus tetas

que eran solo mías.


La hamaca se volcó,

el mundo se hundió.


Me fui directo a la cama,

40 grados de fiebre.

Una lavandera inmensa, con dos tetas inmensas, 

                                                                   giraba en el espacio verde.


Iniciação Amorosa


A rede entre duas mangueiras

balançava no mundo profundo.

O dia era quente, sem vento.

O sol lá em cima,

as folhas no meio,

o dia era quente.


E como eu não tinha nada que fazer vivia namorando 

as pernas morenas da lavadeira.


Um dia ela veio para a rede,

se enroscou nos meus braços,

me deu um abraço,

me deu as maminhas

que eram só minhas.


A rede virou,

o mundo afundou.


Depois fui para a cama

febre 40 graus febre.

Uma lavadeira imensa, com duas tetas imensas, girava no espaço verde.



Versión: Pedro Marqués de Armas 



viernes, 21 de noviembre de 2025

Edna St. Vincent Millay: Euclid Alone



Solo Euclides miró la belleza desnuda.

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza,

Y tiéndanse por tierra sin alzar la cabeza

Y cesen en su examen, con la mirada muda.

 

Contemplando la Nada, que en complicado esbozo

va trazando sus vanas formas con ligereza,

sus graznidos de ganso, que el héroe su grandeza

busque libre del polvo entre el aire luminoso.

 

¡Oh cegadora hora, santo, terrible día!

¡En sus ojos la saeta primera refulgía (¿)

De la luz desintegrada! Euclides solamente

 

vio la Belleza pura como dicha sobrehumana.

Del que con su sandalia afirmarse potente,

Sobre piedra una vez, y luego ya lejana. (¿)

 

(Traductor no identificado)

 


Nadie miró jamás la belleza desnuda

cual Euclides. Que callen los que hablan de belleza,

y humillando en el polvo la vacía cabeza

a la nada contemplen con gran mirada muda.

 

La nada, vana urdimbre de complicados trazos,

Digna de los graznidos del ganso. El generoso

Héroe quiere saltar al aire luminoso

Librándose del polvo y sus pesados lazos.

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

cuando por primera vez la belleza relucía

de fragmentada luz. Que Euclides elegido


fue para contemplar la belleza de frente.

Dichoso el que de lejos y un instante presente

su sandalia en la piedra oyó sobrecogido.

 

Traducción de Emilio Ballagas

 

 

Solo Euclides ha visto la belleza desnuda

Callen los charlatanes que hablan de la Belleza

Y a la hermandad del polvo humillen la cabeza

Cesando el divagar, con la mira aguda

 

Fija en la Nada, que mil formas muda

En complicada urdimbre trazada con presteza,

Sus gemidos dé el ganso, que el héroe su grandeza

Busque entre luz, librándose del polvo que lo anuda

 

Oh, deslumbrante hora, santo, terrible día,

Cuando la primera flecha de luz desintegrada

Refulgió ante sus ojos: ¡Solo Euclides vería

 

La Belleza desnuda! ¡Oh, gracia inigualada

Del que de su sandalia escuchó la armonía

Sobre piedra una vez, y luego, ya apagada.

 

Traducción de Amparo Rodríguez Vidal

 

 

Euclid Alone

 

Euclid alone has looked on Beauty bare.

Let all who prate of Beauty hold their peace,

And lay them prone upon the earth and cease

To ponder on themselves, the while they stare

 

At nothing, intricately drawn nowhere

In shapes of shifting lineage; let geese

Gabble and hiss, but heroes seek release

From dusty bondage into luminous air.

 

O blinding hour, O holy, terrible day,

When first the shaft into his vision shone

Of light anatomized! Euclid alone

 

Has looked on Beauty bare. Fortunate they

Who, though once only and then but far away,

Have heard her massive sandal set on stone.

 


Edna St. Vincent Millay, Collected Poems


sábado, 15 de noviembre de 2025

En la sala de espera


 

Elizabeth Bishop

 

En Worcester, Massachusetts,

acompañé a la tía Consuelo

a su turno con el dentista

y me senté a esperarla

en la sala de espera del consultorio.

Era invierno. Había oscurecido

temprano. La sala de espera

estaba llena de gente grande,

botas de goma y sobretodos,

lámparas y revistas.

Mi tía ya había pasado

su buen rato adentro, me pareció,

y mientras esperaba yo leía atenta

la National Geographic

(ya sabía leer) y estudiaba

con atención las fotografías:

el interior de un volcán,

negro, colmado de cenizas;

después se derramaba

en riachuelos de fuego.

Osa y Martin Johnson

con pantalones de montar,

borcegos y salacots.

Un hombre muerto que colgaba de un poste

–“Cerdo largo”, decía el pie de foto.

Bebés con las cabezas puntiagudas

enrolladas con vueltas y vueltas de cuerda.

Mujeres negras y desnudas con cuellos

enrollados con vueltas y vueltas de alambre

como los cuellos de los focos de luz.

Sus pechos eran horrorosos.

Lo leí todo, de punta a punta.

Era muy tímida para detenerme.

Después miré la tapa:

los márgenes amarillos, la fecha.

De repente, de adentro

De repente, de adentro

llegó un adolorido ¡oh!

(la voz de tía Consuelo)

ni muy fuerte ni muy largo.

No me sorprendió;

sabía ya que entonces que ella era

una mujer ingenua y tímida.

Bien pude haberme avergonzado.

No fue el caso. Lo que sí me tomó

completamente por sorpresa

fue que era yo:

era mi voz, en mi boca.

Sin haberlo pensado

yo era la tonta de mi tía,

Yo –nosotras – caíamos y caíamos,

nuestros ojos pegados a la tapa

de la National Geographic,

Febrero, 1918.


Me dije a mi misma: en tres días más

vas a cumplir siete años.

Me lo decía para detener

la sensación de que estaba cayendo

del mundo, redondo y en movimiento,

hacia el espacio azul, oscuro y frío.

Pero lo sentía: sos una yo,

sos una Elizabeth,

sos una de ellas.

¿Por qué tendrías que serlo?

Apenas me atrevía a mirar

para ver qué era yo.

Miré de reojo

(no me atrevía a levantar la vista)

el gris sombrío en las rodillas,

los pantalones y las polleras y las botas,

los diferentes pares de manos

que descansaban a la luz de las lámparas.

Supe que nunca había sucedido

nada más raro, que nada

más raro que esto iba a suceder nunca.

¿Por qué habría yo de ser mi tía,

o yo

o yo o cualquiera?

¿Qué cosas similares

–botas, manos, la voz familiar

que sentí en mi garganta, o incluso

la National Geographic

y todos esos colgantes pechos horribles–

nos reunían a todas

o nos hacían una sola?

Qué (no conocía otra

manera de nombrarlo) qué “incierto”…

¿Cómo fue que llegué a estar acá,

como ellas, para escuchar

un grito de dolor que pudo haber

sido cada vez más alto y peor,

pero que no lo fue?


La sala de espera era resplandeciente

y demasiado calurosa. Se deslizaba

bajo una ola grande y negra,

y otra, y otra.


Entonces volví a estar ahí.

La guerra continuaba. Afuera,

en Worcester, Massachusetts,

la noche, la nieve derretida, el frío,

y era todavía el cinco

de febrero, 1918.

 


Traducción en Nahuel Lardies